Andrés García fue capaz de echar a la calle a su esposa embarazada, Julia Molina, solo porque se descubrió que esperaba una niña. En cambio, por el hijo nacido de su relación secreta, no dudó ni un segundo en pagar una fortuna para que el tan deseado varón naciera en una clínica privada. Pero el día en que el niño vino al mundo ocurrió algo que cambió para siempre el rumbo de la vida de Andrés.
Aquella mañana en Ciudad de México era inusualmente calurosa; los rayos dorados del sol se deslizaban lentamente sobre los techos de las casas. Julia caminaba despacio por el pequeño departamento; su vientre enorme podía anunciar el inicio del parto en cualquier momento. Cada movimiento le causaba dolor, pero instintivamente se llevó la mano al abdomen y susurró:
— Resiste un poquito más, mi amor… pronto estaremos juntas.
Andrés, su esposo, no le prestaba atención alguna. Desde que se supo del embarazo, aquel hombre que antes la rodeaba de palabras dulces y grandes promesas se había vuelto frío e impaciente, casi un extraño. Todo lo irritaba: el olor de la comida, el cansancio de Julia, incluso su respiración. La trataba como si ya no formara parte de su vida.
Aquella noche, mientras Julia doblaba con cuidado la diminuta ropa del bebé, Andrés pronunció la frase que le destrozó el corazón:
— El próximo mes haces tus maletas y te vas al pueblo de tu madre a parir. Aquí todo cuesta una fortuna.
— Allá sale mucho más barato; aquí cobran al menos cuatrocientos mil pesos. No voy a tirar el dinero. Los ojos de Julia se llenaron de lágrimas. — Pero, Andrés… ya estoy en el noveno mes… el viaje es largo, puede pasar cualquier cosa… Él solo se encogió de hombros, con una media sonrisa burlona en los labios. —Ese es tu problema. Allá también hay partera. Y no pienso aguantar tus llantos todo el día.

Esa noche Julia comprendió que el hombre del que se había enamorado ya no existía. Dos días después, con una maleta vieja y el alma hecha pedazos, subió al autobús que la llevó de regreso a su pueblo natal, San Juan del Río. En la terminal la esperaba su madre, Margarita Pérez. Al ver a su hija pálida y agotada, la abrazó de inmediato.
— Hija mía… quédate aquí. Yo cuidaré de ti.
Mientras tanto, apenas Julia se fue, Andrés corrió con su amante, Verónica Flores. Ella también estaba embarazada y juraba que esperaba un niño. Andrés sentía que todo finalmente encajaba.
— ¡Por fin tendré un heredero! — presumía.
Esta vez no escatimó en gastos: llevó a Verónica a una clínica de lujo en Cancún, le consiguió una habitación VIP y pagó casi setecientos mil pesos. El día del parto apareció en el hospital con un enorme ramo de lirios.
— ¡Nació mi hijo! ¡Es igualito a mí! — enviaba emocionado mensajes por WhatsApp, adjuntando la foto del recién nacido. Pero aquella felicidad no duró mucho.
Ese mismo día, una enfermera le dijo que había unos documentos que debía firmar. Andrés se dirigió sonriente al área de neonatología, pero al abrir la puerta sintió que el mundo se detenía a su alrededor.
Allí estaba Margarita Pérez. Su rostro era duro, su mirada fría, cortante. —¿Señora Margarita?… ¿qué hace usted aquí? — balbuceó Andrés, atónito.
La mujer dejó en silencio una lata de fórmula infantil sobre la mesa. — Vine a ver a mi yerno… y al niño del que estás tan orgulloso.
— Debe haber un error… esta mujer es solo una conocida… — empezó a decir Andrés apresuradamente, pero Margarita levantó la mano para hacerlo callar.
Sacó lentamente un sobre de su bolso y lo deslizó frente a él. — ¿Sabes qué hay aquí? Una prueba de ADN. Ese niño no es tuyo, Andrés.
El hombre palideció como si toda la sangre se le hubiera ido del rostro. — No puede ser… Verónica dijo que… — murmuró.
Margarita soltó una risa amarga. — Despreciaste a mi hija porque esperaba una niña. La echaste para ahorrarte unos pesos. Y con esta mujer tiraste el dinero sin pensarlo dos veces. ¿Para qué? ¿Para terminar criando el hijo de otro? La vida siempre cobra las cuentas.
Recogió los papeles, se dio la vuelta y se dirigió a la salida.
Antes de irse, se volvió una vez más y lanzó con dureza:
— Julia está bien. Dio a luz a una niña hermosa y sana, y ya tiene padre. Solo que ese hombre ya no eres tú. Ni ella ni mi nieta necesitan a un cobarde como tú.
La puerta se cerró de golpe. Andrés se dejó caer en una silla con las piernas temblorosas, cubriéndose el rostro con las manos. Desde el pasillo se oyó el llanto de un recién nacido: el mismo sonido que horas antes le había parecido un milagro. Ahora le golpeaba con cruel ironía.
Unas semanas después, recibió una llamada de la clínica: debía pagar una deuda de más de novecientos mil pesos. Verónica había desaparecido como si nunca hubiera existido. El departamento que había comprado para ella fue embargado, las cuentas bancarias quedaron vacías. Lo único que le quedó fue su orgullo hecho añicos.
Mientras tanto, en San Juan del Río, Julia se fortalecía día a día. El sol de la tarde teñía los campos de dorado, y Margarita observaba en silencio cómo su hija mecía a la bebé. —¿Ves, hija? —dijo en voz baja—. La vida tarde o temprano pone todo en su lugar. A ti te tocó amor… y a él, solo el peso de su conciencia.
Julia besó suavemente la frente de la niña y sonrió entre lágrimas. El viento susurraba entre los árboles y, por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía respirar libremente.
