«No avances ni un paso… tu esposo no está en casa» — advirtió el hombre al otro lado del teléfono con voz grave y serena

El tiempo se detuvo en un susurro escalofriante.
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—Ese no es tu marido —afirmó el hombre con una precisión fría—. Y tampoco es alguien a quien quieras tener cerca.

Maisie se agitó en mis brazos, inquieta, como si percibiera el peligro. Sin pensarlo, le di un beso en la frente; tenía las palmas húmedas.

—¿Qué hago? —pregunté, al borde del llanto. La contestación fue inmediata, sin la menor duda.

—Toma a tu hija y vete. Ahora mismo. Olvida las bolsas, olvídalo todo. Sube al coche, no prendas las luces y conduce hasta el final de la calle. No mires atrás.

La anciana inclinó la cabeza, como si hubiera aguardado exactamente esa instrucción.

—Y si llega a abrir la puerta… —agregó él.

Lo que siguió fue tan bajo que tuve que obligarme a oírlo.

—…no corras. No le des la espalda. Retrocede despacio, sin dejar de mirarlo. No importa lo que diga…

ni la voz que use.

De repente, la ventana del piso de arriba quedó a oscuras.

La silueta ya no estaba.

No supe qué me aterrorizó más: haberla visto… o que ya no estuviera allí.

—¿Por qué hace esto? —pregunté con lágrimas acumulándose—. ¿Quién es usted? ¡Dígame su nombre!

Al otro lado hubo un suspiro largo y denso, como si arrastrara un peso imposible de soltar.

—No hay tiempo para decirte quién soy —respondió al fin—. Pero sí para decirte quién te espera en tu casa.

Se me cortó la respiración.

—No es un hombre —continuó—.

Y no abrió la puerta para dejar pasar a tu esposo.

La abrió para dejarlo salir.

Desde el interior de mi casa se oyó un chasquido seco.

La puerta empezó a moverse.

A abrirse.

Despacio. Demasiado despacio…

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