La mujer mayor todavía tenía mi muñeca entre sus dedos, aunque su presión ya no era brusca, sino extrañamente cuidadosa, casi como si intentara resguardarme.
—¿Qué… qué dijo? —logré preguntar, jadeando.
Al otro lado del teléfono, el hombre bajó la voz hasta convertirla en un murmullo tenso, como si temiera que alguien más pudiera oírlo.
—No cortes —advirtió—. No abras la puerta. No le respondas. No grites. No entres.
Me tragué el nudo de la garganta. Las piernas me temblaban, indecisas entre huir o rendirse al suelo.
—¿Quién es usted? —pregunté al fin, consciente de lo frágil que sonaba mi voz—. ¿Por qué tiene el celular de mi padre?
No hubo respuesta inmediata.
Después, un susurro áspero, cargado de algo que no supe nombrar:
—Porque tu padre sabía que esto iba a pasar algún día.
La anciana cerró con más fuerza su mano sobre la mía.
—Hazle caso —susurró—. No queda mucho tiempo.
Volví a fijar la mirada en la puerta.
Entonces ocurrió.
Algo —alguien— tocó desde el otro lado.
No fue un golpe violento; más bien una presión medida, como una mano apoyándose despacio, tanteando, esperando una reacción.
Hubo un sonido húmedo, inquietante, parecido al roce de uñas sobre madera recién pintada.
Sentí cómo la sangre se me congelaba.
El hombre del teléfono habló otra vez, ahora con un tono firme, casi autoritario.
—Mira la ventana del piso de arriba. La de la derecha.
Me forcé a obedecer.
Allí estaba.
Una sombra.
Una figura alta, completamente quieta.
Lo más aterrador no fue verla, sino comprender que ya se encontraba allí antes de que yo levantara la vista, como si supiera exactamente cuándo y dónde la buscaría.
La silueta dio un paso atrás.
No lo suficiente para desaparecer.
—¿La ves? —preguntó la voz.
—Sí —respondí en un hilo de voz, mientras mi corazón golpeaba con tanta fuerza que me hacía doler la mandíbula.
