«No avances ni un paso… tu esposo no está en casa» — advirtió el hombre al otro lado del teléfono con voz grave y serena

El tiempo se detuvo en un susurro escalofriante.
Historias

Mientras subía los peldaños de la entrada con mi hija en brazos, una mujer mayor me atrapó la muñeca de improviso. Sus manos eran huesudas, pero tenían una fuerza inesperada, como si hubiera pasado años sujetando aquello que siempre intenta huir. Se inclinó lo suficiente para que percibiera el olor a menta mezclado con humedad en su abrigo.
—No pases… llama a tu padre —murmuró, con una voz quebrada y, al mismo tiempo, decidida.

Pestañeé, desorientada.
—¿Perdón?

—Llámalo —insistió, con apremio. Sus ojos saltaron de la puerta principal a la ventana del piso superior, como si temiera ser observada—. Ahora.

Maisie se acomodó sobre mi cadera y soltó un suspiro tibio de sueño, apoyando la mejilla en mi hombro. La abracé con más firmeza e intenté mantener un gesto cortés.
—Mi padre falleció hace ocho años —expliqué con cuidado, buscando normalizar la escena—. Creo que se ha confundido de persona.

Ella no me soltó.

—No —respondió—. Sé perfectamente quién eres.

Apretó los labios y su expresión se volvió dura, no por fantasía, sino por una convicción inquietante.
—Te mudaste el mes pasado. Tu marido viaja por trabajo. Estás más sola de lo que imaginas. Y esta noche… —tragó saliva— esta noche tu puerta no te va a proteger.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Volví la vista hacia la entrada: todo parecía en orden. La pintura reciente, la cerradura nueva, la pequeña corona que colgué para que el lugar resultara acogedor. Nada se movía. No se oía nada. Solo un silencio espeso.

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