Llegaron doctores, claro. Pero esta vez Don Sebastián no les permitió siquiera explayarse. Les enseñó el objeto y, fuera de sí, los expulsó de la casa a gritos.
Al final tuvieron que admitirlo: el tímpano estaba sano, solo inflamado. La sordera no era permanente, sino conductiva, provocada por una obstrucción total y grave que ningún “experto” se había molestado en revisar con las manos, confiando ciegamente en diagnósticos anteriores.
Esa noche, antes de marcharme, Don Sebastián me pidió que pasara a su despacho.
Lo encontré sentado detrás del escritorio, encorvado, con el rostro hundido entre las palmas.
—No sé cómo disculparme contigo, Marina —confesó sin levantar la mirada—. He sido un necio. Busqué respuestas en todas partes y las tenía aquí mismo, en mi casa, en la intuición de una mujer a la que apenas escuché.
Sacó un cheque y me lo tendió. La cantidad era tan alta que me dejó sin aire. Alcanzaba para comprar una casa, asegurar el cuidado de mi abuela y no preocuparme jamás por el trabajo.
—Esto es por haber salvado a mi hijo. Pero necesito pedirte algo más.
Alzó la vista. Tenía los ojos enrojecidos.
—No te vayas. Quédate como nana de Luciano. Él te necesita. Y yo… yo necesito reaprender a ser padre. Creo que tú puedes ayudarme a lograrlo.
Acepté el cheque, no por ambición, sino por mi abuela. Aun así, en mi interior, sentí que rompía una parte de ese papel.
—Me quedaré, señor —respondí—. Pero no por el dinero. Me quedo porque Luciano tiene mucho por oír, y yo muchas historias que compartir con él.
Hoy Luciano tiene quince años. Es músico. Hace cantar al violín como si viniera del cielo.
Cada vez que lo veo subir al escenario y descubro a Don Sebastián en la primera fila, llorando de orgullo, vuelvo a pensar en aquella pieza azul de Lego.
Recuerdo que los milagros no siempre descienden con relámpagos y estruendo. A veces están ocultos en la mugre, esperando que alguien, con manos sencillas y el corazón atento, se anime a limpiar lo que otros pasaron por alto.
Nunca subestimes el valor de observar con atención. Y nunca, nunca creas que el dinero lo entiende todo.
