«Nunca subestimes el valor de observar con atención» — proclamó Marina con una sonrisa mientras abrazaba a Luciano, un niño que por fin podía escuchar.

La verdadera riqueza reside en el poder de escuchar.
Historias

Hice un leve giro con cuidado. Sentí una resistencia mínima y luego, de pronto, algo se soltó.

Con un tirón decidido, pero sin brusquedad, lo saqué.

El objeto salió acompañado de un hilo de sangre mezclado con cera oscura.

Lo dejé caer sobre un pañuelo blanco.

Me quedé mirándolo, sin poder cerrar la boca, mientras los ojos se me inundaban de lágrimas.

Era una pieza de Lego. Pequeña, redonda, de un azul profundo. Detrás venía un tapón compacto de algodón ennegrecido, probablemente atrapado allí desde que Luciano era apenas un bebé.

Luciano se incorporó de golpe.

Se llevó ambas manos a la cabeza, con el rostro desencajado por el pánico.

Sus ojos se movían nerviosos, saltando de un punto a otro.

Entonces, el reloj de péndulo del pasillo marcó la hora.

GONG.

Luciano lanzó un grito.

No era de dolor. Era de sobresalto. Se cubrió los oídos y, enseguida, los apartó.

GONG.

Giró la cabeza hacia la puerta. Sus ojos se humedecieron.

Me miró. Después miró el reloj.

—¿Mmm? —emitió un sonido inseguro, como probando. Se quedó quieto, escuchándose. Por primera vez en ocho años, su propia voz le llegó clara.

Rompió a llorar. Un llanto áspero, torpe, como si no supiera aún cómo hacerlo.

Lo abracé sin pensarlo. Lloré con él. Lloramos juntos en el suelo de aquella mansión helada, con una pieza de Lego manchada descansando entre nosotros.

En ese mismo instante, la puerta principal se abrió violentamente en la planta baja. Unos pasos pesados subieron las escaleras a toda prisa.

Don Sebastián había vuelto antes de lo previsto.

Entró en la habitación y nos encontró en el suelo. Vio las pinzas, el pañuelo ensangrentado y a su hijo llorando.

Su cara se encendió de furia.

—¡¿QUÉ LE HICISTE?! —bramó, avanzando hacia mí como una fiera—. ¡TE VOY A MATAR! ¡APÁRTATE DE MI HIJO!

Arrancó a Luciano de mis brazos. Yo temblaba, paralizada por el terror. Creí que todo había terminado para mí.

—¡Señor, espere, por favor! —suplicé, retrocediendo hasta chocar con la pared.

—¡Llamen a la policía! —vociferó hacia el pasillo—. ¡Esta mujer atacó a mi hijo!

Luciano, al percibir la furia de su padre y escuchar los gritos —sí, escucharlos—, se zafó de su agarre.

Se plantó frente a Don Sebastián.

El niño alzó su mano temblorosa y tocó los labios de su padre.

—Pa… pá… —raspó Luciano, imitando sonidos que tal vez recordaba vagamente o que su instinto intentaba construir.

El silencio que cayó sobre la habitación fue más denso que cualquier cosa que hubiera sentido en mi vida.

Don Sebastián se quedó inmóvil. La ira desapareció, sustituida por una confusión absoluta.

—¿Qué…? —murmuró.

Luciano sonrió, con lágrimas deslizándose por sus mejillas, y señaló el reloj del pasillo, que seguía marcando el tiempo. Tic, tac, tic, tac.

Luego apuntó hacia la ventana, donde el canto lejano de un pájaro llenaba el aire.

Don Sebastián se desplomó de rodillas.

—¿Luciano? ¿Puedes oírme?

Luciano asintió con desesperación y se lanzó a los brazos de su padre.

Don Sebastián bajó la mirada al pañuelo en el suelo. Vio la pequeña pieza de Lego y el tapón de suciedad. Después me miró a mí.

Yo estaba hecha un ovillo en la esquina, esperando el despido, la policía, el final.

Pero su expresión cambió. La furia dio paso a la incredulidad y, luego, a una vergüenza honda y silenciosa.

Tomó el objeto. Lo sostuvo en su mano acostumbrada al lujo. Aquella insignificante pieza de plástico había vencido a su dinero. Ese fragmento había robado ocho años de la vida de su hijo.

Y una empleada doméstica, con aceite de cocina y unas pinzas baratas, había conseguido lo que la medicina no logró.

Esa tarde, algo se transformó para siempre en la mansión.

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