«Nunca subestimes el valor de observar con atención» — proclamó Marina con una sonrisa mientras abrazaba a Luciano, un niño que por fin podía escuchar.

La verdadera riqueza reside en el poder de escuchar.
Historias

¿Por qué un niño con sordera atribuida a un daño neurológico —como insistían los médicos— se llevaría constantemente la mano al oído externo? Si el problema estuviera en el cerebro o en el nervio, no tendría por qué dolerle ahí.

A la mañana siguiente tomé una determinación peligrosa.

Don Sebastián había salido a una junta de negocios rumbo a la Ciudad de México y no volvería hasta entrada la noche. Doña Gertrudis, por su parte, estaba absorbida vigilando el trabajo en el jardín.

Entré al cuarto de Luciano con otra intención: no iba a limpiar, iba a averiguar.

Me senté en el suelo frente a él. Su sorpresa fue evidente. Nadie se ponía a su altura; siempre lo observaban desde arriba.

Le ofrecí una sonrisa abierta, de esas que nacen sin esfuerzo. Él respondió con una media sonrisa, tímida y breve.

Saqué del bolsillo una linternita que usaba para mirar debajo de los muebles y un frasco de aceite de almendras que había traído de casa.

—Voy a revisar qué pasa ahí, mi cielo —le murmuré con cuidado, aunque supiera que no captaría las palabras.

Le indiqué con gestos que apoyara la cabeza en mis piernas. Dudó apenas un instante, pero la soledad pesaba demasiado en ese niño, y la necesidad de un contacto sincero pudo más.

Su pelo olía a un champú caro; su piel, en cambio, estaba helada.

Encendí la linterna.

Comencé por el oído izquierdo. Todo se veía normal: rosado, limpio, sin señales extrañas.

Luego giré su cabeza con sumo cuidado para revisar el derecho.

Luciano se puso rígido y dejó escapar un quejido bajo.

—Shhh… tranquilo —le dije mientras lo acariciaba.

Dirigí la luz hacia el fondo del conducto auditivo.

Lo que apareció ante mis ojos me dejó sin aliento.

No era un tímpano roto. Tampoco un vacío.

Había algo ahí dentro. Algo oscuro, ajeno, que no debía estar en un cuerpo humano.

Estaba muy profundo, casi obstruyendo por completo el canal, envuelto por capas de cerumen viejo que, con los años, se habían endurecido hasta formar un tapón negro, casi como cemento.

El corazón me martillaba el pecho. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo era posible que médicos con resonancias y escáneres de última generación jamás hubieran mirado dentro del oído con una simple luz?

La respuesta me golpeó de frente: soberbia.

Habían buscado explicaciones rebuscadas, diagnósticos raros, síndromes exóticos. Dieron por hecho que, siendo hijo de un multimillonario, el problema tenía que ser complejo. Nadie se tomó el tiempo de hacer una revisión física básica y detallada. Nadie miró de verdad.

Sabía que si intentaba extraerlo y algo salía mal, acabaría en la cárcel. Don Sebastián no me lo perdonaría. Me acusarían de negligencia, de abuso, de cualquier cosa.

Pero verlo tocarse la oreja una y otra vez, presenciar ese dolor mudo… no podía ignorarlo.

Fui corriendo al baño de servicio y busqué mis pinzas de depilar. Las limpié con alcohol una y otra vez, hasta que la piel de mis manos empezó a arder.

Volví con Luciano.

—Confía en mí —le susurré, sosteniéndole la mirada.

Dejé caer unas gotas de aceite de almendras tibio en su oído para suavizar la masa endurecida. Esperé diez minutos, cantándole las canciones que mi abuela me cantaba a mí, notando cómo su cuerpecito se iba relajando poco a poco.

Después tomé la linterna y las pinzas.

Me temblaban las manos. “Dios, guía mi pulso. Por favor, no permitas que le haga daño”.

Introduje las pinzas con una delicadeza que no sabía que era capaz de tener. El metal rozó la superficie dura. Luciano se estremeció, pero se mantuvo quieto.

Empecé a tirar. No cedía. Llevaba años ahí. La piel parecía haberse pegado alrededor.

—Un poquito más, amor… solo un poquito más…

Continuación del artículo

Vivencia