«Nunca subestimes el valor de observar con atención» — proclamó Marina con una sonrisa mientras abrazaba a Luciano, un niño que por fin podía escuchar.

La verdadera riqueza reside en el poder de escuchar.
Historias

Me asignaron la limpieza del ala este, donde se encontraba el dormitorio de Luciano. Era una habitación enorme, inundada de luz natural, pero con una tristeza difícil de explicar.

La primera vez que lo vi, estaba sentado en el piso, de espaldas a la puerta, armando un rompecabezas complicado, de esos con cientos de piezas diminutas.

—Con permiso —murmuré por reflejo, aun sabiendo que no podía oírme.

Comencé a quitar el polvo de los estantes mientras lo observaba de reojo. Era un niño hermoso, de cabello negro y rizado, con ojos grandes y profundos, aunque siempre cargados de melancolía.

Ese primer día noté algo que me inquietó.

Luciano se tocaba la oreja derecha una y otra vez. No parecía un tic sin importancia: se la frotaba, se jalaba el lóbulo y, en ocasiones, fruncía el rostro con una mueca leve de dolor.

Con el paso de las semanas me volví casi invisible en esa casa. Limpiaba, abrillantaba y miraba en silencio.

Una tarde, mientras barría debajo de su cama, vi cómo Luciano golpeaba suavemente su cabeza contra la pared. Toc. Toc. Toc.

Corrí hacia él, con el corazón acelerado.

—¡No, pequeño! —grité, olvidando por completo que no podía escucharme.

Se detuvo al percibir la vibración de mis pasos. Alzó la vista y me miró con esos ojos enormes. Luego señaló su oído y cerró la mano, como si algo ahí dentro estuviera bloqueado.

Esa noche me fue imposible conciliar el sueño. Recordé a mi abuela, que siempre decía: “El cuerpo habla, mija, nomás hay que saber escucharlo”.

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