«Nunca subestimes el valor de observar con atención» — proclamó Marina con una sonrisa mientras abrazaba a Luciano, un niño que por fin podía escuchar.

La verdadera riqueza reside en el poder de escuchar.
Historias

Me llamo Marina, y mi historia demuestra que, a veces, ni la fortuna más grande alcanza para comprar aquello que solo se percibe con el corazón.

Me gano la vida limpiando pisos. El cloro me ha dejado las manos resecas y cada noche el cuerpo me pasa factura cuando regreso a mi casita en la periferia. No tengo estudios universitarios; ni siquiera logré terminar la preparatoria, porque tuve que salir a trabajar para costear los tratamientos de mi abuela.

Aun así, lo que llegué a descubrir dentro de la residencia de Don Sebastián Calloway valía mucho más que todos los diplomas que adornaban los consultorios exclusivos que él solía visitar.

Don Sebastián es un hombre influyente. En México, su apellido abre puertas que para personas como yo permanecen cerradas con cerrojo. Es empresario, vuela en jets privados y vive en una hacienda de Valle de Bravo que parece escenario de una telenovela.

Pero la riqueza no garantiza la alegría, y en esa casa el silencio pesaba más que cualquier lingote de oro.

La fuente de su mayor sufrimiento era su hijo Luciano, un niño de ocho años.

Luciano había nacido sordo. O al menos eso afirmaban los informes médicos firmados por eminencias de Zúrich, Tokio y Houston. Don Sebastián había invertido millones, literalmente millones de dólares, persiguiendo una cura, un prodigio, una mínima esperanza.

Siempre recibía la misma respuesta: “Pérdida auditiva neurosensorial profunda. Irreversible. No existe tratamiento, señor Calloway”.

La madre del niño murió durante el parto. Desde entonces, Don Sebastián se volvió distante, casi de hielo, empeñado en “reparar” a su hijo, pero incapaz de acercarse a él de verdad. Luciano crecía atrapado en un silencio total, rodeado de juguetes carísimos que no usaba y de nanas que lo cuidaban como si fuera un objeto frágil, no un niño.

Llegué a la mansión un martes de lluvia. Necesitaba ese empleo con desesperación. La salud de mi abuela estaba empeorando y los medicamentos no dejaban de encarecerse.

—No lo mires a los ojos, no hagas ruido y, sobre todo, no incomodes al niño —me indicó la ama de llaves, Doña Gertrudis, una mujer severa y recta como una regla.

Asentí sin decir palabra.

Continuación del artículo

Vivencia