Un aullido prolongado y triste quebró el aire. Alcé la vista hacia el sendero: alguien se acercaba. No avanzaba erguido, sino arrastrándose.
Era una silueta casi irreal, envuelta en andrajos manchados, con el cabello gris, apelmazado, ocultándole el rostro. Se sostenía en una rama seca, sacudiéndose a cada paso. Me quedé inmóvil. El corazón me golpeaba el pecho con tanta fuerza que me dolía respirar. Reconocía ese modo de andar.
Era Dominga.
Pero no quedaba rastro de la mujer recia que había sido. Parecía una aparición. Al llegar al borde del huerto, se desplomó de rodillas y escupió sangre al toser. Xóchitl, que molía maíz cerca, corrió hacia ella. El Padre Mateo salió de la cabaña alarmado.
—¡Doña Dominga! —exclamó, horrorizado.
Entre los dos la alzaron y la llevaron adentro, acostándola en mi catre. Yo me quedé clavada en el umbral, incapaz de cruzarlo. Dentro de mí, el amor y el rencor se despedazaban como animales famélicos. Me había dejado atrás. Me había condenado a morir. Y aun así, había regresado.
Entré despacio. Dominga abrió los ojos: hundidos, amarillentos por la enfermedad. Al verme, rompió a llorar.
—Soledad… —su voz era apenas un hilo áspero—. Sigues viva.
Quise gritar. Quise echarla. Pero vi sus pies desnudos, abiertos y sangrantes. Vi su cuerpo reducido a huesos.
—No vine a pedir perdón —murmuró entre accesos de tos—. Vine a morir cerca de ti. Me oculté en cuevas… me persiguieron como a una bestia… pero cada día… cada día recé para que las semillas brotaran.
Miró la cabaña: los tapetes, las hierbas colgadas, el fuego tibio.
—Lo lograste —dijo, esbozando una sonrisa teñida de rojo—. Hiciste un hogar. Eres mejor de lo que yo fui.
Xóchitl me miró con gravedad.
—Se está apagando, Soledad. Es tisis. No le queda mucho.
En un rincón, el Padre Mateo rezaba en susurros.
La furia se evaporó y dejó un dolor hondo, casi insoportable. No importaba lo que hubiera hecho. Era mi madre. La única que había tenido. Y se marchaba para siempre. Dominga volvió a toser, una tos brutal que parecía partirle el pecho. Se ahogaba.
—Agua… —pidió.
Mis pies se movieron sin que yo lo decidiera. Fui a la repisa. Mis manos, seguras, buscaron las plantas. Gordolobo, miel, eucalipto. Preparé la infusión. El aroma medicinal llenó la cabaña. Me acerqué al catre, me arrodillé y levanté su cabeza con cuidado. Ella me miró con miedo y devoción.
Acerqué la taza a su boca. Entonces ocurrió. Sentí una presión en el pecho, como si algo se rompiera por dentro. El calor subió por mi garganta. Ocho meses de silencio, ocho meses de palabras retenidas, empujaron para salir.
—Bebe… —susurré.
El sonido salió áspero, extraño, como piedras rozándose. Pero era mío. El Padre Mateo dejó de rezar. Xóchitl se llevó las manos a la boca. Dominga abrió los ojos de par en par.
—¿Hablaste? —sollozó—. ¿Volviste a tener voz?
Tragué saliva. Dolía, pero era un dolor dulce.
—No la recuperé —respondí, sintiéndola un poco más firme—. La encontré. Tuve que perderla para hallar otra distinta.
Dominga bebió el té y su respiración se calmó un poco. Me sujetó la mano con dedos fríos, frágiles.
—Perdóname, Soledad. Te dejé sola.
La miré. Vi el arrepentimiento en sus ojos. Recordé el frío, el hambre. Y también pensé en Ceniza, en Xóchitl, en el jardín, en la sanadora en la que me había convertido. Si ella no se hubiera ido, quizá nunca habría descubierto mi propia fuerza.
—Te perdono —dije. Al pronunciarlo, sentí que me desprendía de una armadura pesada—. Te perdono porque las semillas crecieron. Y yo también.
Dominga sonrió y cerró los ojos.
—Crecieron hermosas… —susurró.
Murió esa misma noche, poco antes del amanecer, con mi mano entre las suyas y Ceniza dormido a sus pies.
La enterramos bajo el gran roble, mirando al jardín. Sobre su tumba planté flores amarillas, para que nunca le faltara la luz. No abandoné la cabaña. Ese era mi sitio. Xóchitl se quedó a vivir conmigo. El Padre Mateo siguió viniendo. Y la gente continuó llegando.
Ya no era una niña dejada atrás. Era Soledad, la sanadora. La que hablaba poco, pero cuyas palabras aliviaban el alma y cuyas manos curaban el cuerpo.
A veces, cuando el viento murmura entre los pinos y el fuego cruje, miro a Ceniza y rozo la cicatriz que llevo dentro. El abandono duele, sí. Pero lo que haces con ese dolor es lo que te define. Puedes permitir que te destruya, o convertirlo en un fuego que caliente al mundo.
Yo elegí el fuego.
¿Y tú? ¿Qué harás cuando llegue la oscuridad? Recuerda: mientras conserves una semilla en el bolsillo y un latido en el pecho, no es el final. Es apenas el inicio de tu verdadera historia.
