Pero quien se recortó en la entrada no era un hombre con fuego en la mano. Era una anciana indígena, envuelta en un huipil rojo con bordados geométricos. Llevaba el cabello blanco dividido en dos trenzas largas y se apoyaba en un bastón de madera lisa. Se quedó quieta en el umbral y aspiró el aire. Sus ojos negros recorrieron la cabaña hasta dar conmigo, acurrucada en la esquina. No mostró sorpresa; en su rostro se dibujó una pena honda.
—Dios caré —murmuró en zapoteco. Luego, en español—. Tranquila, niña. No vengo a hacerte daño.
Se presentó como Xóchitl. Vivía al otro lado de la barranca y había visto el humo de mi fogata. —Eres demasiado pequeña para cargar tanto silencio en la mirada —añadió, avanzando con cuidado.
Yo no reaccioné. Ella sacó de su canasto tortillas recién hechas, aún calientes, y un trozo de carne seca. El aroma me hizo girar la cabeza. —Come —dijo, dejándolo en el suelo—. No preguntaré nada. A veces las palabras hieren más que los golpes.
Devoré la comida con manos temblorosas. Xóchitl observó a Ceniza, que se acercó a olfatear su bastón. —Le curaste la pata —comentó, asintiendo—. Tienes manos de sanadora. Ese día no se quedó mucho, pero prometió regresar. Y volvió.
Dos días después apareció de nuevo, acompañada. Tras ella venía un hombre joven con una sotana negra gastada: un sacerdote. Mi cuerpo se tensó. Los curas habían condenado a Dominga. Xóchitl alzó la mano para tranquilizarme. —Es el Padre Mateo. No es como el otro. Quiere ayudar.
El Padre Mateo parecía exhausto; tenía ojeras marcadas y una culpa visible en los ojos. Se arrodilló fuera de la cabaña, manteniendo distancia. —Sé quién eres, Soledad —dijo en voz baja—. Y sé lo que te hicimos. Yo estuve allí esa noche. Intenté detenerlos y no fui valiente. No alcé la voz. Bajó la cabeza—. No puedo devolverte a tu madre, pero sí evitar que mueras aquí.
Trajeron herramientas: una pala, un azadón, mantas de lana gruesa. Xóchitl sumó semillas y plantas medicinales; el Padre Mateo, tejas para el techo. Así nació nuestra familia improbable: una niña sin voz, un gato cojo, una anciana sabia y un cura arrepentido.
Con el paso de los meses, la cabaña y la tierra cambiaron como por milagro. El huerto estalló en vida. Las semillas que Dominga me había dejado brotaron con una fuerza salvaje. El maíz se alzó verde y alto; las calabazas reptaron por el suelo como tesoros naranjas. Yo también cambié. El sol de la sierra curtió mi piel. Mis brazos se hicieron fuertes de cargar agua y partir leña. Aprendí a leer el viento y a anticipar la lluvia por el olor del suelo. Aprendí a decir sin hablar. Con Xóchitl conocí el idioma de las plantas: hierba de ángel para el estómago, gordolobo para la tos. Con el Padre Mateo, el perdón llegó a través del trabajo: él reparaba la casa como penitencia; yo aceptaba su ayuda como absolución.
Lo inesperado comenzó cuatro meses después. La gente empezó a llegar. Primero fue una mujer del pueblo vecino, guiada en secreto por Xóchitl. Su bebé lloraba sin consuelo por cólicos que nadie lograba calmar. Tomé al niño en brazos, sentí su dolor diminuto. Preparé un té de anís estrellado y manzanilla, como había visto hacer a Dominga, y masajeé su vientre con aceite tibio. El llanto cesó. El bebé se durmió.
La mujer me miró boquiabierta. —Dicen que eres la hija de la bruja —susurró—. Pero tienes manos de ángel.
El rumor se extendió como el agua. “En la cabaña vieja vive una niña muda que cura”. Llegaron más: un campesino con una herida de machete infectada, una anciana con huesos doloridos, un niño que había dejado de comer por tristeza. A todos los atendía. No hablaba; no podía. Pero mis manos decían lo necesario. Lavaba heridas, preparaba ungüentos y, sobre todo, escuchaba. No venían solo por remedios, sino por el silencio. En un mundo de gritos y juicios, mi quietud era un refugio.
Me llamaron “La Niña Silenciosa de la Sierra”. Ceniza, ya grande y de pelaje brillante, se convirtió en mi guardián. Se sentaba en la entrada y decidía quién pasaba. Si siseaba, había mala intención; si ronroneaba, eran bienvenidos.
Habían transcurrido ocho meses desde la partida de Dominga. Yo tenía ocho años y me sentía de cien. Una mañana, mientras cortaba flores de caléndula, Ceniza emitió un sonido que jamás le había oído, y el aire mismo pareció tensarse.
