Estaba sola. Absolutamente sola. Y no podía hablar.
Aquella noche el sueño no llegó. El miedo se me echó encima como una bestia helada, aplastándome el pecho. ¿Cómo se suponía que iba a seguir viva? No sabía cazar. Apenas recordaba el camino al arroyo. “Cuando te abandonan, ya no hay vuelta”, decían los ancianos. En la sierra, los niños no duran: los atrapa el frío o los devoran los coyotes.
Sin embargo, al amanecer del cuarto día, algo se movió dentro de mí. La luz se coló por las rendijas del techo y encendió las motas de polvo suspendidas en el aire. Mis dedos tocaron el pequeño saco de cuero que llevaba colgado al cuello. “Tu papá querría que siguieras”, me dije.
Mi padre. Su imagen era borrosa: solo una presencia grande, tibia. Abrí el saquito. Las semillas cayeron en mi palma: diminutas, duras, casi nada. Maíz, frijol, calabaza. Un puñado de futuro en medio de tantas probabilidades de morir.
Empujé la puerta de la cabaña. El aire cortaba como cuchillo. Los guaraches ya casi no servían. Rodeé la parte trasera, bajé por una pendiente corta y escuché el murmullo del agua. El arroyo. Bebí sin pensar, el frío mordiéndome los dientes. Luego observé el suelo.
Si ese iba a ser mi final, no sería sin pelearlo.
Me vino a la memoria mi padre encendiendo fuego: palo contra palo, insistiendo sin rendirse. Busqué ramas secas. Mis manos, pequeñas y blandas, no sabían de ese trabajo. Frota y frota. Nada. Más fuerza. La piel empezó a quemarme, luego a abrirse. Lloré, pero nadie oyó mis lágrimas.
Las horas se estiraron. El sol descendía y el miedo a la noche volvió a apretar. “Por favor”, supliqué en silencio. “Por favor”. Entonces apareció: una chispa mínima, roja, casi invisible. Soplé despacio, como había visto a Dominga. La chispa prendió una hoja seca. Salió humo. Y después, fuego.
Aquel fuego no solo me devolvió el calor a las manos; despertó algo en mí que desconocía. Una obstinación salvaje. Una negativa rotunda a borrarme del mundo. Me quedé frente a la llama, alimentándola con cuidado, y me hice una promesa muda: no me iré. Aquí sigo.
Al quinto día, apareció alguien.
No fue una persona. Fue un maullido. Débil, quebrado, saliendo de entre los matorrales. Avancé despacio, con un cuchillo de piedra en la mano —una lasca afilada del río—. Allí estaba: un gato gris, o lo poco que quedaba de él. Puro hueso, el pelo opaco y embarrado. Una pata delantera colgaba torcida, la sangre seca le manchaba el hocico. Me miró con unos ojos amarillos enormes, llenos del mismo terror que yo sentía.
Era mi reflejo. Solo. Lastimado. Abandonado.
Cuando me acerqué, bufó, mostrando dientes diminutos. Me temía, como yo temía al mundo. Quise decirle que no pensaba hacerle daño, pero no tenía voz. Así que hablé con el cuerpo. Me moví despacio, sin clavarle la mirada. Extendí la mano, abierta. Esperé.
Al final dejó de temblar. Con un gesto rápido y cuidadoso, lo envolví en mi rebozo. No pesaba casi nada, como cargar aire con huesos. Lo llevé junto al fuego y miré su pata: hinchada, mal. Recordé a Dominga. Árnica para el golpe. Entablillar el hueso. Fui al arroyo, busqué las hojas correctas. Mastiqué la hierba hasta hacer una pasta y la puse sobre la herida. El gato se quejó apenas, pero no se resistió. Partí una tablita y, con tiras de mi propia ropa, la até con cuidado.
Le di agua en el hueco de mi mano. Bebió con ansia, su lengua áspera haciéndome cosquillas. Pensé su nombre: Ceniza. Porque había vuelto a la vida junto al fuego, igual que yo.
Esa noche, Ceniza se durmió sobre mis piernas. Sentir su corazón diminuto latiendo contra el mío, su calor, su respiración constante, fue lo que me sostuvo la cabeza en su lugar. Ya no estaba sola. Tenía a alguien que dependía de mí. Y cuidar a otro te obliga a levantarte incluso cuando tú no puedes.
Pasó una semana. Ceniza empezó a recorrer la cabaña cojeando, persiguiendo insectos. Yo limpié un pequeño espacio junto al arroyo y, con los dedos, enterré las semillas. No tenía certeza de nada, pero necesitaba fe.
Entonces oí pasos. Personas. El terror me dejó inmóvil. ¿Serían los hombres del pueblo? ¿Venían a terminar lo que habían empezado? Apagué el fuego de golpe y apreté a Ceniza contra mi pecho, escondiéndonos en la sombra más honda de la cabaña.
