«No puedo volver» — el papel se le escapó de las manos como si ardiera mientras Soledad caía de rodillas, con el corazón destrozado.

El abandono puede ser la semilla de una nueva vida.
Historias

El frío de la sierra de Oaxaca no se limita a rozarte la piel: se cuela por dentro, se clava en los huesos y se queda ahí, murmurándote que el calor es un recuerdo ajeno. Yo tenía siete años cuando lo sentí por primera vez, y no fue por el viento que atravesaba los pinos en 1835, sino por el hueco súbito en mi mano cuando Dominga, la única madre que había conocido, me la soltó.

La cabaña era poco más que un despojo. Adobe y piedra vencidos por el tiempo, el techo hundido como una boca abierta implorando al cielo plomizo. Dentro no había nada: polvo, rastros de cabras ausentes y ese olor viejo de humedad que se pega a la ropa.

—Quédate aquí, Soledad —me dijo Dominga. Su voz sonaba tirante, a punto de quebrarse—. Te dejo dos tortillas con queso. Y agua. Cuídalo.

La miré sin parpadear, buscando en sus ojos una explicación para el temblor de sus manos, esas manos ásperas que me habían peinado tantas veces y que cada mañana molían el maíz en el metate.

—¿A dónde vas, ma? —pregunté. Mi voz era diminuta frente al bosque inmenso.

No sostuvo mi mirada. Se arrodilló y me colgó un collar de cuero con un pequeño saquito. —Regreso en tres días. Tres, Soledad. No salgas. No permitas que nadie te vea. Si alguien aparece, escóndete.

—¿Tres días? —repetí. A los siete años, tres días son un abismo: tiempo suficiente para que el miedo edifique palacios en la cabeza.

—Te lo prometo —dijo. Fue la última vez que oí su voz en ocho meses. Me empujó con suavidad hacia la penumbra de la cabaña y salió corriendo. Sus pasos trituraron hojas secas, apurados, hasta que el viento se los tragó.

Me quedé allí, suspendida en la nada, con dos tortillas frías y una promesa. El primer día fue pura espera. Me senté junto a la puerta rota, arropada en el rebozo, contando pájaros, nubes, latidos. “Uno, dos, tres…”, me decía. Dominga volverá. Me quiere. Ella me salvó de los hombres que gritaban en el pueblo, de las antorchas y del odio. Ella es buena.

Luego cayó la noche con sus sonidos. Cuando el sol muere, la montaña despierta: crujidos, aullidos lejanos, el viento golpeando las tejas como si quisiera llevarme. Me encogí en un rincón, apretando los ojos hasta ver chispas de colores, imaginando el aroma a café y leña de nuestra cocina.

El segundo día, el hambre empezó a morder. Arranqué un pedacito de tortilla y bebí apenas un sorbo. “Guárdalo”, me ordené. “Faltan dos días”. Caminé en círculos, cien pasos, doscientos. Mi cabeza de niña buscaba sentido. ¿Por qué huíamos? ¿Por qué la llamaban bruja? Yo sabía lo que hacía: había visto cómo calmaba fiebres y cerraba heridas. ¿En qué se volvía malo eso?

Al caer la tarde del tercer día, ya no quedaba comida. Mis dedos rebuscaron migas en el atadillo y tocaron papel. Un trozo arrugado, escondido bajo la última tortilla. Lo llevé a la luz cansada del atardecer. Estaba escrito con carbón, la letra insegura de Dominga.

Leí despacio, deletreando el espanto: “¡Soledad! Perdóname, no puedo volver. Los hombres me buscan. Si te hallan conmigo, te harán daño. Quédate aquí. Hay agua en el arroyo. Planta las semillas del collar. Tu papá querría que vivieras. Yo también. Que Dios te cuide.”

El papel se me escapó de las manos como si ardiera. “No puedo volver”. No era una promesa rota; era una condena.

Abrí la boca para gritar. Quise llamar a Dominga, hacer estallar el pecho para que el sonido la alcanzara donde estuviera y la obligara a regresar. Llené los pulmones y empujé con todas mis fuerzas.

No salió nada.

Ni grito, ni llanto, ni siquiera un susurro. La garganta se cerró como sellada con cera. El trauma, ese animal silencioso, me había robado la voz. Me había devorado entera. Caí de rodillas sobre la tierra, golpeando el suelo, con la boca abierta en un alarido mudo que me despedazaba por dentro y no dejaba huella en el mundo.

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