«No va a bajarse aquí, Zahira. No se lo permitiré. Confíe en mí» — dijo Bernardo con la mirada fija en la oscuridad, mientras el miedo se apoderaba de ella.

Dejar atrás lo que creías seguro puede ser la única forma de salvarte.
Historias

Bernardo me tendió algo diminuto, apenas más grande que un botón.

—Es un micrófono espía de última generación —susurró—. Escóndelo en algún sitio que Darío use todos los días, pero que jamás revise.

Cerré el puño alrededor del aparato. Salí del coche y avancé hacia mi propia casa con el sigilo de una intrusa. Giré la llave despacio, cuidando cada movimiento. Dentro reinaba la oscuridad y flotaba el aroma a lavanda del ambientador, un olor que antes me calmaba y que ahora me resultaba insoportablemente falso.

Volví a cerrar por dentro. Fui directa al baño. El agua fría contra mi rostro borró las huellas del llanto. Frente al espejo, practiqué una sonrisa. Al principio era rígida, casi un gesto de dolor, pero tras insistir conseguí recuperar la expresión dulce que Darío conocía. Tenía que convertirme en una actriz perfecta. No por gloria, sino por supervivencia.

En el salón, dejé la cartera de Darío medio atrapada entre los cojines del sofá, como si se le hubiera deslizado del bolsillo al sentarse. Luego me acomodé allí mismo, encendí la televisión sin sonido y abrí una revista, fingiendo que el cansancio me había vencido.

A las tres en punto, el chirrido de unos neumáticos rompió el silencio frente a la casa.

Cerré los ojos y acompasé la respiración. Oí la llave girar con torpeza. La puerta se abrió de golpe.

Darío irrumpió jadeando, con la corbata floja, la frente empapada y la mirada fuera de sí. No era sudor de trabajo: era miedo puro.

—¡Zahira! —vociferó.

Me sobresalté, dejé caer la revista y me incorporé bostezando, como recién despierta.

—¿Darío? —murmuré, somnolienta—. ¿Qué haces aquí? ¿No estabas ya camino a Bilbao?

Mi papel fue impecable. Se quedó inmóvil un segundo, desconcertado al verme tan tranquila. Luego activó su máscara habitual.

—Cariño… —dijo, con voz apenada, acercándose—. Ha sido horrible. En la M-40 me di cuenta de que había perdido la cartera. Entré en pánico, di la vuelta, pero hubo un accidente y el tráfico estaba imposible. Perdí el vuelo.

Asentí con gesto preocupado mientras por dentro me ardía la sangre. Me levanté y lo abracé. En ese contacto me golpeó el perfume de Cayetana impregnado en su chaqueta. Contuve las náuseas y lo estreché aún más.

—Pobre… —le murmuré—. Aunque, mira, has tenido suerte.

Señalé el sofá.

—Cuando me desperté antes, noté algo duro en el cojín. Debió caérsete antes de salir.

Siguió mi dedo y vio la cartera asomando. Su rostro pasó del alivio absoluto a una confusión muda. Se abalanzó sobre ella y revisó su interior con ansiedad. Todo estaba en su sitio.

Me abrazó con efusividad, llamándome su “amuleto”.

—Ve a ducharte, cariño —le sugerí con dulzura—. Estás empapado. Descansa. Mañana será mejor.

Asintió y subió al dormitorio. En cuanto dejó de verlo, recordé el micrófono aún escondido en mi mano. Era ahora o nunca.

Subí detrás con la excusa de buscarle una toalla. El agua corría en el baño. Su inseparable maletín de cuero estaba sobre la cama. Abrí un bolsillo interior, oculté el micrófono en el fondo y cerré la cremallera justo cuando se abría la puerta del baño.

Dormimos juntos esa noche. Él, convencido de que su fracaso no había dejado huella. Yo, en vela, mirando al techo, escuchando a través de un auricular conectado al móvil lo que captaba el dispositivo.

Poco antes del amanecer fingí levantarme a beber agua. Desde la cocina activé la escucha. Oí a Darío marcar un número.

—¿Cayetana? —susurró—. Soy yo. No sabes el susto… La cartera estaba en casa… Sí, ella no sospecha nada… Escucha, el plan A no ha salido, pero no podemos esperar más. Los del préstamo me han dado hasta mañana. Tenemos que ir al plan B.

Hubo un silencio. Cuando volvió a hablar, su voz era más fría, más oscura.

—Sí. El almacén viejo de su padre. Dicen que hay una caja fuerte. Necesitamos la combinación… Mañana seré encantador con ella. Y si no coopera… usaremos la fuerza. Ten preparados a los chicos.

Apagué el auricular. Ya no temblaba. Llamé a Bernardo.

—Activa el protocolo —dije con firmeza—. Les daremos lo que buscan, pero no a su manera.

La guerra acababa de empezar.

A la mañana siguiente, Madrid despertó bajo un cielo gris plomo, como si presagiara la tormenta que se cernía sobre mi vida. Esperé a que Darío se marchara a la oficina, despidiéndolo con el beso de una esposa enamorada. Me costó horrores no escupirle cuando rozó mi mejilla. En cuanto su coche se perdió en la urbanización, empezó mi metamorfosis.

Llamé a Bernardo. Media hora después, su sedán negro estaba en la puerta. Subí con una mochila donde había guardado las escrituras, las joyas de mi madre y documentos esenciales sacados de la caja fuerte del dormitorio. Estaba pálida, con profundas ojeras, pero mis ojos ardían con una determinación nueva.

Le relaté palabra por palabra la llamada interceptada. Bernardo escuchó en silencio, apretando el volante.

—Tenemos que actuar ya, Zahira —dijo—. Si deben más de doscientos mil euros, están acorralados. Y un animal acorralado es letal. Primero, hay que cortarles el oxígeno.

Fuimos a la sucursal principal de mi banco en el Paseo de la Castellana y después al despacho de Don Anselmo, el notario de confianza de mi padre.

En el banco pedí una reunión urgente. Transferí casi todo el dinero de las cuentas conjuntas a una cuenta personal en otra entidad, inaccesible para Darío. Bloqueé las tarjetas suplementarias que él usaba, alegando seguridad tras la pérdida de la cartera. Sabía que cuando intentara pagar ese mismo día, la tarjeta sería rechazada. Un aviso discreto, pero certero.

El golpe definitivo llegó en la notaría. Don Anselmo, con sus gafas de concha y su aire paternal, me miró con preocupación.

—¿Estás segura, hija?

—Más que nunca —respondí—. Quiero una separación de bienes, y que conste que temo por mi vida.

Salimos al mediodía. Me sentía más fuerte. Había cerrado el grifo que alimentaba la doble vida de Darío.

Esa tarde, él cumplió su promesa de ser “dulce”. Llegó temprano con un enorme ramo de rosas rojas y una bolsa de farmacia.

—Para la mujer más hermosa de Madrid —dijo—. Y mira, te he traído esto. Te noto pálida… son vitaminas suizas, carísimas, lo mejor.

Al sostener el frasco, una alarma me recorrió la espalda. El precinto estaba manipulado. Abrí una cápsula: el polvo tenía un tono extraño y un leve olor químico.

Durante la cena insistió.

—Tómatela ahora. Quiero verte bien.

Me observaba con una intensidad inquietante. Me levanté.

—Voy por agua. El vino me ha dado sed.

En la cocina tiré la cápsula por el desagüe y me metí en la boca un caramelo blanco del mismo tamaño. De vuelta, fingí tragarlo ante él.

Sonrió, satisfecho. Creía haber iniciado mi envenenamiento lento.

Durante tres días jugué a su juego. Él esperaba verme débil, mareada. Yo hacía yoga, comía sano y le sonreía con energía. Eso lo desquiciaba. Sus acreedores, mientras tanto, lo acosaban sin descanso.

Cuando su presión alcanzó el límite, lancé el contraataque.

Lo llamé a media mañana.

—Cariño, quiero celebrar que todo está bien. Haré una cena especial hoy… y he pensado invitar a Cayetana. La echo de menos.

Hubo un silencio tenso. Luego aceptó, entusiasmado y ciego.

Esa noche preparé la mesa con solemnidad: la porcelana de Limoges, velas encendidas, un asado perfecto. Vestí de burdeos, elegante, contenida.

A las ocho y media sonó el timbre. Cayetana entró como una reina, ajustado vestido negro, labios rojo sangre. Besos al aire, sonrisas falsas.

La cena avanzó entre banalidades. Miradas cómplices cruzaban la mesa. Yo fingía no verlas.

Entonces dejé los cubiertos, me limpié los labios y hablé en voz baja.

—Anoche tuve una pesadilla.

Darío preguntó con la boca llena.

—¿Sí? ¿De qué?

Sonreí, clavando los ojos en Cayetana.

—Soñé con una mujer rica, un marido encantador y una amiga íntima. En secreto, el marido y la amiga planeaban matarla por su herencia. Soñé con un falso viaje a Bilbao… con un sicario en la T4… y con unas vitaminas que eran veneno.

El rostro de Cayetana se volvió blanco. Su tenedor cayó y partió el plato.

Darío se atragantó con el vino y empezó a toser desesperadamente.

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